domingo, 13 de marzo de 2016

Anders Petersen - Café Lehmitz

El Café Lehmitz es un bar situado en un extremo de la zona de prostitución de Hamburgo. La milla pecadora la llaman. Putas que conocieron tiempos mejores, proxenetas, alcoholicos, travestis sin dinero para operarse, forman su clientela.

Anders Petersen entró por primera vez en el Lehmitz en 1962, cuando era un adolescente sueco en busca de las emociones que podía proporcionar el mayor puerto de Europa. Volvió en 1968, ya fotógrafo, y durante tres años fue visitando el café y tomando imágenes de sus parroquianos.

Petersen es de aquellos a quienes de pequeños les leyeron el cuento de que el hombre feliz no tenía camisa y que han desarrollado la opinión de hay más fraternidad entre los inadaptados que apenas tienen que en las capas sociales más pudientes. Un avatar actual del buen salvaje, ese que no está corrompido por la civilización y conserva unos niveles de solidaridad con el prójimo que los demás hemos perdido.

Los chaperos y borrachos de las fotos de Petersen se abrazan, comparten la cerveza, se meten mano y ríen, con una risa que no esconde la conciencia del pozo donde se encuentran. En cualquier momento puede abrirse la puerta y aparecer Bukowski agarrado a las tetas de una adolescente que marchó de su casa.

He conocido antros no mejores que el café Lehmitz. A finales de los setenta y durante un año viví en una callejuela que terminaba en la calle Escudillers de Barcelona. La diferencia de los bares de la zona donde yo vivía con el Lehmitz consistía en que a la fauna habitual de ese tipo de locales se habían incorporado aquellos que quedaron pillados por la heroína. Vi muchos momentos de fraternidad. Es un sentimiento que propicia el alcohol, nada que ver con una mayor pureza en los afectos. Cuando vas en pedo a veces resulta agradable sentirte uno con el resto de la gente y hermanado con ellos ofrecer de tu cerveza. Somos animales gregarios y nuestra vida en la sabana seleccionó los impulsos de solidaridad con los de tu tribu. Borracho te desprendes de las capas que la civilización te ha puesto encima. 

Comes, follas, holgas y cuando has satisfecho lo anterior te duermes. A veces, por el contrario, te revuelves contra el que tienes al lado y borracho lo agredes. Ambos extremos son propios del estado de ir bebido e intercambiables con frecuencia en la misma persona.












































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